jueves 15 de diciembre de 2011

Destino final



Desde siempre, en el búnker utilizamos contenedores separados para nuestros desechos. Lo cual no tiene nada de extraordinario ni fantástico. De hecho lo consideramos parte de nuestra vida diaria.
El camión de basura que pasa 3 días a la semana por nuestro rumbo, echa todo junto. Aún así, para nosotros no es en vano separar nuestra basura. Muchas veces, antes de que pasen por ella, un grupo de personas ya revisó nuestros desechos y los de mis vecinos. Son pepenadores ambulantes, o incluso vecinos. Sí, mucha gente revisa la basura de otros para ver si puede reciclar, recolectar, algo que le sirva. Entonces, nuestro bultito de inorgánicos es algo así como oro molido para quien sabe apreciarlo. Económicamente no vemos un beneficio contante y sonante, pero sabemos que damos la oportunidad de que algunos de nuestros desechos puedan convertirse en ganancia para otros y no tenemos problema alguno con eso.

Pero hay dos elementos que siempre me hacían detenerme unos instantes antes de decidir en qué bote lo iba a tirar. Uno, son las bolsitas de té. Orgánico por dentro, Inorgánico por fuera y pende un hilito. Una opción es tomar unas tijeras y tirar por separado el contenido y la envoltura. Otra es tirarla en la orgánica dado que el mayor porcentaje de desecho lo es.

El otro elemento que me deja en lapsus es el chicle. Rara vez mastico un chicle, y de hacerlo prefiero hacerlo cuando estoy a solas. No me parece agradable ir por las calles y exponiendo qué tan grandes puedo hacer las pompas, y qué tanto puedo exprimirle el sabor. Al menos no es la primera impresión que deseo dar. Aparte, que en sí parece que uno mastica un plástico tutti frutti. Entonces se mastica pero no parece orgánico., ¿han leído una etiqueta de un chicle para saber su contenido?. Pues google responde a esta duda existencial... y me encontré con este blog, que trae varios datos al respecto del chicle, incluyendo su origen y la opción más amigable con el medio ambiente. Si a usted no le marca ningun libro y le da flojera ir a leerlo, entonces le cuento la solución al enigma. El chicle se tira en el contenedor de residuos inorgánicos. Nunca en el piso, ni en las ropas de ese que le cae gordo, ni abajo de los asientos, mesas, muebles.





Foto: Bubble Gum Tree ACEO, por blockpartypress en Flickr. Usada bajo licencia Creative Commons
Attribution-NonCommercial-NoDerivs 2.0 Generic (CC BY-NC-ND 2.0)

3 Diableques anotan:

Héctor Sampieri dijo...

Duda resuelta, siempre había también considerado en dónde debía colocarse el chicle.

En alguna parte leí, que en alguna batalla contra los americanos el Generalísimo Santa Anna estaba picadísimo con un chicle hasta que lo desechó escupiéndolo (fino en todo este personaje), entonces un tal "Adams", soldado americano, descubrió lo que los mexicanos tenían por costumbre, proveniente de los árboles, podía ser el inicio de una industria y se dedicó a pensar como construir un emporio. Es esta anécdota leyenda rural, pues en aquél tiempo no existían leyendas urbanas.

Saludos.

Armando dijo...

Interesante el blog y el artículo sobre el chicle.

Yo no lo acostumbro, ni me agrada, pero tampoco he despreciado uno cuando alguien me lo ofrece, y en vez de mascarlo me limito a quitarle el sabor como si fuera un dulce.

En mi muy particular visión de la estética, creo que hasta la chica más linda pierde el encanto en cuanto empieza a masticar un chicle.

¡¡Di no al chicle!! ja ja ja.


¡Saludos!

George LLS dijo...

Hola Zereth!

Jeje! me confieso también dudoso acerca de la correcta disposición de los chicles...

Tampoco consumo demasiados, sólo cuando hay que acallar un poco el buqué a "garnacha" ganado en la calle y sin posibilidades a un lavado próximo de dentadura... o cuando es menester disimular un poco el aliento alcohólico... (insisto, ambas cosas muy de vez en cuando... ;-)

Sobre la basura, que puede ser tesoro para alguien más, te comento una anécdota de mi hermana: ella trabaja en un importante corporativo en pleno Polanco. Al lado hay un edificio ultra-mega-recontra lujoso en el cual habitan personalidades de altísimo abolengo y abultada cartera. Un buen día, justo hace un año, mi hermana y sus amigas estaban en la banqueta degustando dulces mexicanos (tal era el carrito que pasó por ahí), cuando ven que se para el camión de la basura frente al lujoso residencial y salen las muchachas del aseo a tirar la basura, probablemente de "fin de año"... Las gerentes domésticas llevaban revisteros Louis Vuitton, Bolsas Fendi (fuera de temporada, por supuesto), una guitarra en perfectas condiciones... en fin. Tras dejar atrás los consabidos resquemores y prejuicios propios de la clase trabajadora-ejecutiva, las tres mujeres se pusieron a esculcar dicha basura... ¡y hasta bolsas encontraron!...

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