viernes 18 de noviembre de 2011

Recetas para el fin del mundo. Un buen fin de semana

Es complicado. Todas las noches, un agente de tránsito revisa escrupulosamente en unos planos, las principales arterias de la ciudad. Desde esa hora empieza a enviar el plan trazado con exactitud milimètrica. Calle por calle, se van sumando como el delicado mecanismo de un reloj suizo, aunque ahora podría ser atómico.
Justo cuando la carga vial empieza a aumentar, en un fin de semana con dìa feriado, y una campaña gubernamental alentando los descuentos en diversas tiendas en todo el paìs; empieza a cobrar vida propia el proyecto vial.

Entorpezca en todo lo posible la circulaciòn. Esa es la consigna.
Por supuesto, información al conductor visible por unos tambos solo cuando se haya acercado lo suficiente, NO hay paso. Por si no le ha quedado claro. En lo demàs hacer cara de póquer, usted no sabe nada, es más dígase extranjero.
Para ello, lo que a mí me tocò fue ser sacada de los carriles del principal acceso de la ciudad, arrojada a un raquìtico camino lateral, con mi egomòvil abriéndose paso entre los tráilers de doble remolque y una que otra nodriza de automòviles. Si pasé por entre sus llantas es cosa que prefiero no recordar.
Luego de media hora en tan infernal procesión, veo la dichosa avenida libre de polvo y paja, mientras todos hasta la maderè, enfrascados y hartos, buscàbamos un reducto por donde escapar. A lo lejos, imagino a los agentes de trànsito, sonrientes y satisfechos. Lograron su objetivo en su àrea.

miércoles 16 de noviembre de 2011

Ficción

Revisaba el periòdico, leyendo las ùltimas editoriales, y columnas. Demasiada polìtica y poco interès, al menos propio. Aún tengo escenas de las últimas lìneas de esa novela policìaca que acostumbro leer por las noches. Cuando encuentran el cuerpo, esa chica menudita y asustadiza a quien interrogan sabe màs de lo que aparenta con el detective. Lo ùltimo lo leì o lo soñé. Estaba entretenida en el festejo de las ùltimas nupcias. Lejos de preocuparme del menú o del lugar con jardìn, o el amplio estacionamiento, me preocupaba si los zapatos estaban acordes. Mis amigas, todas divorciadas ya. A más años, más arrugas, y mejores ingresos. Y yo que decìa que a la siguiente vuelta, preferirìa "arrejuntarme". Los sueños tambièn van cambiando, perdí a mi escapista del fin del mundo, mi Bruce Willis que siempre encuentra un atajo para escaparse. Ya no se pueden elaborar sueños con complicados planes, si en la cùspide del abismo, abro los ojos para buscar un chupòn en medio de la oscuridad. Hèroes a mí, ¡já!. Que vengan a calmar el llanto de mi hija y veràn lo que es bueno.

martes 1 de noviembre de 2011

Orígenes

Allá de donde yo nací, hay un mercado justo en el centro. En donde sus vendedores, apostados en las escaleras de mis lejanos recuerdos decían algo así:
-Totopo güera!
Guetabingüiiiiiiiii
un litro de camarón?

Siendo parte del istmo de Tehuantepec, una de las 7 regiones del estado de Oaxaca*, se entra a otro mundo. Es algo distinto a todo lo que he vivido después. Mis padres no son de ese lugar, pero se han adaptado. Las personas tienen una forma peculiar de desenvolverse, muy contrastante si uno piensa en alguien originario de otra de las regiones oaxaqueñas.
Cuando le platico esas anécdotas a mi acompañante, es frecuente que alce las cejas y ponga los ojos de plato. Porque no puedo evitar salpicar de palabras pícaras mis relatos. Porque así lo dicen allá y sin eso no tendrían la misma gracia.
Recuerdan la fama que tienen los de Alvarado Veracruz, son parecidos pero distintos. En cualquier otro lugar del país sería ofensivo, ahí es solo una forma de denominar, una referencia a esa complicidad que quien ha vivido ahí desarrolla con los habitantes.

Desde hace varios años que voy de visita en raras ocasiones, y tengo una relación de amor/odio con ese puerto. Odio el calor, pero amo las garnachas. Vaya, de forma muy primitiva mis sentidos, uno de sobrevivencia a las altas temperaturas y por otro la gula con la que he nacido, se debaten, mientras en alguna habitación con aire acondicionado o con ayuda de un ventilador industrial y litros de agua fresca me ayudan a mantenerme viva y sí, ganan las garnachas.

Allá probé los tamales de iguana, el ciervo y la tortuga. Antes de que me caigan los ambientalistas y puristas vegetarianos o de esos que no les gusta nada. Les diré que allá y en otros tiempos, es otra cosa, un mundo que no conocen. Tampoco crean que se anda en taparrabos, es digamos que un lugar no precisamente cosmopolita, pero hay de todo. Venden coca cola y pan bimbo.
En ese lugar disfruté muchas tardes viendo el mar, desde la comodidad de mi hogar. Correteaba cangrejos. Volé papalotes, intenté pescar en el mar, circulaba con mi bicicleta en el malecón y tuve una infancia muy feliz. Me gustaba ver los barcos, hasta la fecha es algo que disfruto. Conocí el viejo tren que cruzaba Tehuantepec en nuestras salidas a nadar al ojo de agua de la Ollaga. Para mis hermanos y para mí era una aventura maravillosa. O en fin de semana salir a conocer las playas cercanas.

Bueno, pues por si tienen la duda, la iguana sabe a iguana. El ciervo a ciervo, y adivinaron, la tortuga sabe como a res, aunque se parece más al sabor de la tortuga en el último paladeado. Resulta que antes de que se desgarren las vestiduras, el consumo de esos productos era perfectamente permisible para los habitantes de esa región. Lo que fregó todo fue la caza indiscriminada y no para consumo de su carne, sino solo para explotar una pequeña parte de sus cuerpecitos y el resto era desechado, desperdiciado.

A Salina Cruz, o como yo le digo, "salina baches", siempre le he visto mucho potencial, pero como en muchos lugares del país, hay lugar, hay clima, hay gente, pero lo que no hay son organización, recursos ni voluntades. El lugar común de todo país mediocre.

Años después, varios, ocurrió la semana pasada cuando me ví haciendo un"chili con carne" siguiendo una receta de un libro de Culinaria Mundial. Porque eso han de saber, a mí no me amedrenta ningun platillo, no hay nada difícil mientras pueda conseguir y/o sustituir algun ingrediente. El platillo texano lo hice con el paladar a ciegas, porque en mi vida lo había probado. Pero mi acompañante sí, y solo él y su conciencia daban el punto a mi preparación. Yo vengo de donde se comen tamales de cambray, queso cuajada, camarones salados y totopos. Cuando vivía ahí, aunque mi madre tenía en su menú algunas cosas distintas, pues uno cree que su universo gourmet ya está completo. Fue en el DF que probé el primer fondué. Yo entendía lo asombroso que podía parecerle a alguien que había nacido y crecido en la ciudad más grande del país que hasta ese momento de mi vida a mí no se me había apetecido probarlo. Porque en mi rancho que no es rancho sino puerto, ni vendían de eso. Había supermercado, pero insisto, ahí venden queso cuajada y del queso crema, que no le piden nada a ningun queso de cualquier lugar del mundo.
Pero en el DF no lo había más, había de otros pero no de los que sabían como los conocí. Por eso empecé a probar uno a uno de los quesos que vendían en las tiendas y comprobé que podría acostumbrarme a cualquiera, menos al de unicel que es el que venden como panela.

Yo todavía me acuerdo cuando pusieron semáforos en ese lugar. Cuando ya no vivía ahí, pero iba de visita con mayor frecuencia. Aún así, en estos días, estoy segura que puede uno manejar a 20 km/hr en las calles del centro. Porque a la paisana se le ocurrió parar el taxi y subir sus palanganas y a nadie le corre prisa. La prisa que se vive en otros lugares donde he vivido.


*Actualmente numeran 8 regiones dado que la región de la Sierra, ahora está dividida en Norte y Sur de forma geo-económica-cultural. Aunque con la pluralidad con la que goza este estado, al paso que vamos, bien podrá acabar en 30 regiones.

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