Qué bonitos mis ojitos, refugiados detrás de mis enigmáticas gafas.
Uno puede ser bizco, tuerto, desvelado, diabólico, traerlos de cotorro por algun golpe certero, o rojos del tamaño de la conjuntivitis. O simplemente mantenerse un poco a resguardo del sol, intentar ocultar nuestra poderosa mirada tal como haría un avestruz de sus enemigos públicos.
Pues hace muchos ayeres, yo era fan de las gafas oscuras. Tuve un par, que eran mi tesoro. Mis ahorros de varios meses, lo poco que puede ahorrar alguien que va a la escuela, quedaron en un cibercafé de la estación del metro Universidad, en la ciudad de México.
Claro, también tenía otros pares, más chafas, pero igual de útiles. Unos me los compré cuando hice el servicio social, y andaba de acá para allá en mi bicla, recorriendo el pueblazo. Jugaba carreritas, piloteando mi bicla con mi equipo de vacunación: el pasante de Odontología. Durante una jornada de vacunación, ofreció el director de la clínica que tendría un día de descanso el equipo que terminara primero. Víctimas del encierro, vimos nuestra oportunidad. Claro, las enfermeras se encargaron de "repartir" las zonas, curiosamente nos tocaron las más alejadas. Pero no contaban con mi astucia, y a pedalazo limpio nos ganamos el premio. Las gafas me salvaron de una conjuntivitis con el tierrerío que levantábamos en nuestra veloz carrera.
Otro par de gafas, regularcillo lo sigo usando. Aunque tiene una historia macuarra.
Dado que había perdido los de presumir, entonces ese par, se convirtió en parte de mi vestuario habitual, a mi salida por las tardes del hospital.
Así voy, muy oronda, cruzando la calle, avisté el microbús, y sin muchas esperanzas le hice el ademán solicitándole que se detuviera. Me hizo caso y espero pacientemente a que atravesara el crucero, sorteando coches, rauda y veloz me trepo al micobús.
Por supuesto, le agradecí la espera. El chofer, me miraba fijamente.
Es cuando una piensa, es este porte que traigo... vaya!, sintiéndome una venusina hablándole a un pobre mortal.
Hasta que por fin me dirige unas palabras: ¡Se parece muchísimo a Ana Gabriela Guevara!.
Snif.
Snif.
Tremendo golpe asestado a mi ego.
Vaya, no es del todo malo. Es más, creo que la forma en que me lo dijo, demostraba cierta idolatría. En mi favor es que las olimpiadas eran un evento reciente.
Luego, esa mujer en las pistas demostraba puro músculo pegado al hueso. El único detallito, es que....... No me ch'°@/%&n!!!!. Me cae que de la carita no nos parecemos!
Hacía varios meses le había visto en un lugar de juegos de Polanco, nos topamos en la escalera eléctrica, así que vista a corta distancia, puedo asegurar que ni maíz, no nos parecemos.
Total, que insistí para pagar mi pasaje. Agradecí el detalle de esperarme, mmh y el "halago". Y me fui a sentar, calladita, y alicaída. La culpa es de los lentes, fue mi veredicto. Por lo cual, pasaron muchos meses, tal vez años, para que me animara a volver a salir a la calle con unas gafas.
Recién volví a las andadas. La semana antepasada, luego de desayunar con unos amigos, estuve paseando solitaria por el centro de la ciudad. Así iba saltando de tienda en tienda, cuando de repente alguien me llama. Una persona que estaba de visita en la ciudad, me reconoció a pesar de las gafas, y yo que iba de incógnito. Pero me dió gusto, yo estaba viendo un aparador y a mis espaldas se acercó a saludarme. Con o sin gafas oscuras, me alegra encontrarme a gente agradable.
Al menos no me comentó algun parecido raro. Por lo pronto, creo que se reactiva el plan de comprarme esos lentes a la Jacky O. Aunque creo que o tengo la cara chica o los hacen casi como casco. Veré que consigo.
Uno puede ser bizco, tuerto, desvelado, diabólico, traerlos de cotorro por algun golpe certero, o rojos del tamaño de la conjuntivitis. O simplemente mantenerse un poco a resguardo del sol, intentar ocultar nuestra poderosa mirada tal como haría un avestruz de sus enemigos públicos.
Pues hace muchos ayeres, yo era fan de las gafas oscuras. Tuve un par, que eran mi tesoro. Mis ahorros de varios meses, lo poco que puede ahorrar alguien que va a la escuela, quedaron en un cibercafé de la estación del metro Universidad, en la ciudad de México.
Claro, también tenía otros pares, más chafas, pero igual de útiles. Unos me los compré cuando hice el servicio social, y andaba de acá para allá en mi bicla, recorriendo el pueblazo. Jugaba carreritas, piloteando mi bicla con mi equipo de vacunación: el pasante de Odontología. Durante una jornada de vacunación, ofreció el director de la clínica que tendría un día de descanso el equipo que terminara primero. Víctimas del encierro, vimos nuestra oportunidad. Claro, las enfermeras se encargaron de "repartir" las zonas, curiosamente nos tocaron las más alejadas. Pero no contaban con mi astucia, y a pedalazo limpio nos ganamos el premio. Las gafas me salvaron de una conjuntivitis con el tierrerío que levantábamos en nuestra veloz carrera.
Otro par de gafas, regularcillo lo sigo usando. Aunque tiene una historia macuarra.
Dado que había perdido los de presumir, entonces ese par, se convirtió en parte de mi vestuario habitual, a mi salida por las tardes del hospital.
Así voy, muy oronda, cruzando la calle, avisté el microbús, y sin muchas esperanzas le hice el ademán solicitándole que se detuviera. Me hizo caso y espero pacientemente a que atravesara el crucero, sorteando coches, rauda y veloz me trepo al micobús.
Por supuesto, le agradecí la espera. El chofer, me miraba fijamente.
Es cuando una piensa, es este porte que traigo... vaya!, sintiéndome una venusina hablándole a un pobre mortal.
Hasta que por fin me dirige unas palabras: ¡Se parece muchísimo a Ana Gabriela Guevara!.
Snif.
Snif.
Tremendo golpe asestado a mi ego.
Vaya, no es del todo malo. Es más, creo que la forma en que me lo dijo, demostraba cierta idolatría. En mi favor es que las olimpiadas eran un evento reciente.
Luego, esa mujer en las pistas demostraba puro músculo pegado al hueso. El único detallito, es que....... No me ch'°@/%&n!!!!. Me cae que de la carita no nos parecemos!
Hacía varios meses le había visto en un lugar de juegos de Polanco, nos topamos en la escalera eléctrica, así que vista a corta distancia, puedo asegurar que ni maíz, no nos parecemos.
Total, que insistí para pagar mi pasaje. Agradecí el detalle de esperarme, mmh y el "halago". Y me fui a sentar, calladita, y alicaída. La culpa es de los lentes, fue mi veredicto. Por lo cual, pasaron muchos meses, tal vez años, para que me animara a volver a salir a la calle con unas gafas.
Recién volví a las andadas. La semana antepasada, luego de desayunar con unos amigos, estuve paseando solitaria por el centro de la ciudad. Así iba saltando de tienda en tienda, cuando de repente alguien me llama. Una persona que estaba de visita en la ciudad, me reconoció a pesar de las gafas, y yo que iba de incógnito. Pero me dió gusto, yo estaba viendo un aparador y a mis espaldas se acercó a saludarme. Con o sin gafas oscuras, me alegra encontrarme a gente agradable.
Al menos no me comentó algun parecido raro. Por lo pronto, creo que se reactiva el plan de comprarme esos lentes a la Jacky O. Aunque creo que o tengo la cara chica o los hacen casi como casco. Veré que consigo.
